Lentamente se acercó,
la pena la dejó debajo de la
almohada
en el mismo sitio en que sus
sueños
-orugas vueltas crisálidas-
descansan sin dejar de vibrar.
Su mano se levantó
con el candor de un girasol
buscando al astro rey,
como si de aquello dependiese
su subsistencia
en tocar con dulzura
lo que sus ojos han divisado.
Mi muñeca se quema
por el roce de unos párvulos
dedos sosegados,
la sangre se me vuelve de
caramelo
-¿son granos de café?-
en una mirada cuna de
ilusiones.
-Cuatro granos de café-
Una voz blanca
-curiosa de devorarse la vida-
me dispersa de una abstracción
profunda
sumergiéndome en un mar de
sueños,
de obsequios por abrir
diariamente.
Me despojo de una pertenencia,
banal, trivial,
¿cuánto vale a los ojos de un
niño
un trozo de hilo con cuatro
granos de café?
-para mí nada, para él un
regalo-
Luego comprendo la sutileza de
la irrealidad,
una sonrisa satisface con
mayor hondura
que todo el pan del mundo
almacenado en las barricas
para convertirse en vino
suprimiendo la conciencia
brotando el instinto.
-Cuatro granos de café-
La cuestión es la elección
sobre qué clase de nudo
utilizar
-soy bombardeado por un alud
de nombres-
sugiero torpemente un nudo ciego
como mi fe en su nobleza.
Dando saltos de alegría se
alejó,
sus huellas son patrones
irrepetibles
glorificadas a convertirse en
constelaciones
-crisálidas, metamorfosis a
mariposas-
estrellas fugaces cumpliendo
deseos.