lunes, 17 de diciembre de 2012

Cuatro granos de café y un nudo ciego


Lentamente se acercó,
la pena la dejó debajo de la almohada
en el mismo sitio en que sus sueños
-orugas vueltas crisálidas-
descansan sin dejar de vibrar.

Su mano se levantó
con el candor de un girasol buscando al astro rey,
como si de aquello dependiese su subsistencia
en tocar con dulzura
lo que sus ojos han divisado.

Mi muñeca se quema
por el roce de unos párvulos dedos sosegados,
la sangre se me vuelve de caramelo
-¿son granos de café?-
en una mirada cuna de ilusiones.

-Cuatro granos de café-

Una voz blanca
-curiosa de devorarse la vida-
me dispersa de una abstracción profunda
sumergiéndome en un mar de sueños,
de obsequios por abrir diariamente.

Me despojo de una pertenencia,
banal, trivial,
¿cuánto vale a los ojos de un niño
un trozo de hilo con cuatro granos de café?
-para mí nada, para él un regalo-

Luego comprendo la sutileza de la irrealidad,
una sonrisa satisface con mayor hondura
que todo el pan del mundo
almacenado en las barricas para convertirse en vino
suprimiendo la conciencia brotando el instinto.

-Cuatro granos de café-

La cuestión es la elección
sobre qué clase de nudo utilizar
-soy bombardeado por un alud de nombres-
sugiero torpemente un nudo ciego
como mi fe en su nobleza.

Dando saltos de alegría se alejó,
sus huellas son patrones irrepetibles
glorificadas a convertirse en constelaciones
-crisálidas, metamorfosis a mariposas-
estrellas fugaces cumpliendo deseos.