Sí sube el oro
Y se retuerce la mueca
De la fría estatua
Del monumento principal
A los traidores de la patria,
Existe la quimérica sensación
De conformarse con poco
Y llenarse los bolsillos de
barro,
De sudor manchado de sangre.
Pero el precio de vivir
Y de soñar es costoso,
Consume amor y fantasía,
Cambiar las alegrías por
enojos,
Fluir y ser constante
Dentro del tsunami
En la muerte de los maremotos,
De reconstruir a Pangea
Con las piedras preciosas y
Los sagrados cuarzos,
Convenir con la alquimia
En busca del grial
Y hallar en las pirámides del
olvido
La formula de la panacea.
Estar, no es estar, sino
sentir,
Y sentir ofrece
Un inconmensurable mundo,
Una realidad prestada dentro
De un planeta imaginario,
Una vena que no bombea sangre,
Una fluctuación alterna
En el ombligo estelar
De las noches más bellas,
Una explosión que erosiona
Los pensamientos de las olas
Y que engaña a las gaviotas
Y aleja de los barcos a los
puertos.
Re-amanece cada tercer día,
Y se reanuda con trozos de
algodón
Para llenar el hueco del polvo
-lunar, solar, magnético-
Que deja la huella de un ente
desconocido,
Unos lo llaman fanáticamente
Otorgándole gracia plena
Y omnipresencia,
Otros le niegan y recriminan,
Otros no lo toman en cuenta,
Otros son simplemente otros
Y nada más.
Fluye en la marisma líquida
De la masa de los sueños,
El tiempo que transcurre
Entre un sitio a otro
Es imperceptible
Y sólo valorado por viejos,
Mezquinos y traicioneros,
Roedores y carroñeros
Vendedores de sistemas
Y de promesas solubles.
Cuando cae el precio del crudo
Los metales resuenan
Entre una geografía y otra,
A lo sumo atiendo a la
historia
Y las matemáticas me juegan
Una mala pasada,
El calendario apunta
En sus efemérides de aquí
Al fin del mundo –si es que
hay uno–
Guerras y más guerras,
Y lluvia ácida y escases de
caramelos,
La batalla de los dulces
Y no la del agua,
La batalla de los chocolates
Y no la cibernética,
La batalla de los malvaviscos
Y no la bacteriológica,
La batalla de los algodones de
azúcar
Y no la tecnológica,
La batalla de las paletas con
forma de corazón
Y no la de un tal Romeo y una
frágil Julieta.
Fluye paralelo
Y dimensionalmente opuesto,
Por naturaleza contraria
A la actividad neuronal
Del hombre común
Y de los neófitos homo
sapiens,
Como un río subterráneo
Que atraviesa las grandes
montañas,
Invisible para la vista
Pero viable a la imaginación
Y a las grandes excavaciones
En busca de un ingrediente más
Para la creación de vida.
¡Vive! –ahoga el grito el Dr.
Frankenstein–
Y un jamás pronunciado
“Elemental, mi querido Watson”
Palpita por encima de un
escarabajo de oro,
Y un cuervo que se posa en mi
ventana
Llama a gritos a un tal
Fausto,
Pero nadie viene a su llamada,
Ni nadie responde al eco del
aullido
De un feroz lobo en la estepa.
Así fluye alternamente,
Mezclando verdad con locura
Y racionalidad con flores de
azahar,
Bebemos té a la hora de la
comida
Aunque procuremos el vino
tinto
Y no hayamos probado
Licor alguno en toda la vida,
Sin embargo, nos es preciso
emborracharnos,
Penas van y vuelan
Y se anidan en los torrentosos
bosques
De abedul y de coníferas,
De palma y de cocoteros.
Fluctuación alterna…
Luego silencio,
Termitas devorando madera,
Luciérnagas al amanecer
De un fogoso invierno
Y grillos que entonan una
ópera secreta,
Bendición corrompida,
Confusión y orden al caos,
Universo inmediato y paralelo
Que fluye a la par del
Llamado inconsciente
colectivo,
Fibra sensible que cuenta
La bestialidad del silencio de
los actos,
El llanto desconsolado de las
palabras.