jueves, 9 de agosto de 2012

Pestañear


Morir…
una, dos, tres veces…
qué más da.

Morir cada noche,
en el sueño irreparable
del holocausto diario.

Sangrarse la vida
por la lejanía de la paz,
de la fatídica esperanza.

Molerse los labios rencorosamente
en busca del beso lastimero
que oculto y derrotado
vaticino la inanición del pensamiento.

¿Morir?...
quizás una, dos o tres veces más…
las veces necesarias.

Tan necesaria la muerte
como tan necesaria la vida,
tan necesario el fuego solar
como el manto de estrellas.

Tragarse la vida,
escupir restos haraposos,
de material onírico mutilado.

No concluir, nunca concluir…
no cerrar los ciclos
y aventarse a la mar con los ojos cerrados.

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