Detrás de ese vórtice,
entre tu espalda y la pared,
está la puerta de la otra realidad.
No nos engañemos, nos conocemos de antes,
de un rostro que compartimos
en el sitio de la perpendicular errante.
Te conozco, pero no sé tu nombre,
respiramos aire, aire helado y viciado,
pero no conozco tu nombre.
Hay una puerta justo detrás de ti,
no la conoces, sabes de ella,
y, sin embargo, no me dejas entrar.
A esa puerta se entra con el corazón herido,
y tú eres cazador de emociones,
mataste, a la fecha, mil ideas, fieles compañeras.
Y allí está el vórtice,
entre tu espalda y la pared,
y yo afuera, tristemente contemplándole.
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