Por Edgar Mora
La cotidianidad no
fue rota hasta el momento en que caí en la cuenta de que no había dormido solo,
que estaba acompañado, que en mi cama no éramos uno, como de costumbre, sino
dos, compartiendo el mismo colchón y los mismos aposentos.
Aquella peripecia no
me habría resultado extraña si se tratase de una figura femenina, pero no era
un ella, era un él. Se le veía desinteresado, como si despertar a mi lado no
fuera ningún inconveniente, la primera frase que soltó fue un seco “buen día”.
En mi mente corrían las preguntas ¿qué he hecho? ¿cómo diablos terminé así? y
vino a mi mente en la voz de Ana Torroja el estribillo “y qué dirán de mí,
dirán que eres gay…”
Precisamos
levantarnos de la cama alrededor de las diez o nueve de la mañana, sin
consciencia exacta de la hora, ni del tiempo, ni del espacio. Los nombres
estaban de más, daba igual que me conociera por Edgar que por Pancho, pero no
resultaba cómodo para mí haber compartido la misma colcha sin saber su nombre.
“Llámame como quieras” me contestó en el desayuno, que consistía de un mollete
con mantequilla, jamón y salsa mexicana, de un vaso con leche fría y un par de
galletas, que para desfortuna de mi estomago tuvimos que compartir.
Una llama telefónica
me hizo caer en la cuenta de que debía partir a la brevedad posible a casa de
mi novia. Mi nuevo compañero, al que le atribuí el título de amigo, se mostraba
ansioso de conocer a mi amada pero no expresaba razón para semejante acto,
“simple curiosidad” y no agregó nada más.
El agua caliente despachó
dos duchas, por separado, vale la pena recalcar, y no es que precisara tomar
medidas especificas u homofóbicas a estas alturas, cuando habíamos despertado
juntos pero no empiernados.
Mi amigo, al que
después de un rato me atreví llamar “Monchis”, parecía sacado de otro mundo, o
al menos, eso percibía yo por cómo la gente lo miraba con desdén y extrañeza,
claro hay que ser muy ducho para comprender que dos hombres vayan tomados de
las manos sin que se traten de una costumbre inglesa del siglo XVIII. No tomé
más de treinta minutos de trayecto: caminar ocho cuadras de San Felipe a San
Juan Bosco, abordar un bien amado 622, soportar el sauna y uno que otro
“repegón”, abrir los ojos a delicias corporales, la nariz a olores fétidos, el
tacto a formas inefables, y bajarse justo una cuadra antes de la Calzada
Independencia.
Con un “buenos días,
amor, ¡que hermosa te ves hoy!”, es que a veces no puedo contener lo cursi y me
gana la emoción. Un beso que se prolonga en un abrazo y termina justo como
empezó, en otro beso. Mariana, el nombre de la dueña de mis pesadillas, sueños
y desvelos, parece no percatarse de la presencia de “Monchis”, quien momentos
antes, durante el ritual de cortejo, había desaparecido en busca, de lo que nos
dimos cuenta después, de un ramo de flores cortadas de los jardines de las
vecinas. La dama se muestra confundida y aclaro su panorama diciéndole que
“éste es mi nuevo amigo, se llama ‘Monchis’, y quería conocerte”. Ocurre
entonces lo que las normas de etiquetan marcan y se nos invita a pasar.
Una vez dentro,
sentados en la sala, donde tres sillones nos harían las veces de tronos, conversamos temáticas banales y triviales,
nos alejamos de las preocupaciones de nuestras vidas y debatimos un poco de
todo: política, sociedad, cocina, literatura, películas, pero nos
sorprenden los
comentarios ácidos y agrios de “Monchis” aunque al final no llegamos a conclusión alguna, solamente que
“Peña no cumple”, pero eso lo sabemos todos.
Después de dos horas
la madre de Mariana, para términos cómodos y políticos, mi suegra, nos dice que
la comida está servida. Un plato casero delicioso, carne de res en salsa verde
acompañada de frijoles refritos con sus respectivas tortillas y la panacea del
mexicano: un vaso con coca bien helada. Un coro de ángeles acompaña nuestros
sagrados alimentos, que engullimos con parsimonia y gratitud, como si esa fuese
nuestra última cena.
Abandonamos la casa
de Mares, así suelo llamarle de cariño, habiéndonos despedido y dejando la
promesa de volver una vez más para comer aquellas delicias que prepara su
madre. “Monchis” le recuerda a Mariana que debe ir a la escuela, y es así como
emprendemos otro viaje en el sistema colectivo de transporte urbano de
Guadalajara.
Tomamos la tangente,
se pensaría que abordaríamos el Macrobús, por su rapidez y accesibilidad, pero
somos hombres chapados a la antigua, correspondemos nuestra fidelidad con el
622 y nos encaminamos hasta la estación Atemajac del Tren Ligero, que nos
recibirá con los vagones llenos hasta el sitio en que, como casi todos,
descenderemos, en Juaréz, en el Parque Rojo.
La gente se sigue
mostrando extrañada, quizás por el trío que armamos Mariana, “Monchis” y yo, y
murmura o mira con repudio nuestra imagen, pero no le tomamos la importancia
que ellos quisieran. Se atraviesa en nuestro camino de Federalismo a Enrique
Díaz de León, un edificio que no puede pasar desapercibido de los ojos de
cualquiera, incluso del observador más inexperto, un imponente Expiatorio, de corte
gótico, la llamada “Notre Dame” tapatía, “aquí será nuestra boda, estás
invitado ‘Monchis’ si así lo deseas”, se escapa de mi el lado más romántico,
soñador e idealista que tengo, y él lo agradece con un gesto semejante a una
sonrisa complaciente.
“Te quedas en la
escuela, que yo tengo mi taller, en la noche paso por ti, te…” la frase queda
interrumpida por un beso, mi amigo observa todo con cautela y una vez
incorporado con él dice seriamente “así que eso es el amor”, le digo que no,
que eso es solo una demostración, pero que habría que hacer un tratado, una
enciclopedia, un Atlas, para definir lo qué es el amor.
Caminamos unas calles
hasta llegar a una librería, me adentro, preguntó por unos libros de Paulo
Freire, de un tiempo a la fecha me interesa el sistema educativo mexicano, no
compro ninguno por no tener el dinero suficiente, lo recuerdo: soy prole.
“Monchis” aguarda paciente, bajo el Sol ensordecedor y sofocante, su rostro es
verde, un tanto cítrico, su figura es cuasi esférica, sostengo una lucha
interna para demostrarme a mí mismo que no es lo que mis ojos mortales ven. Me
doy por vencido, sé que no hay duda, pero a pesar de todo me niego a
reconocerlo, pues al final de cuentas ¿qué culpa tengo yo de ser amigo de un
limón?
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