Por Edgar Mora
Mi Guadalajara es
un pedacito de suelo que huele a tierra mojada. Mi Guadalajara es un espacio en
el tiempo que no se pierde y no se olvida, es un sitio en el que la magia de lo
inimaginable es posible y en donde los sueños son de pan y son de hielo.
Mi Guadalajara es
una historia llena de héroes y de malos, con batallas en Mexicaltzingo y con
túneles de leyenda, es un sol que cobija las oportunidades y que ha visto caer
las cadenas de la esclavitud y ver nacer los gestos revolucionarios.
Mi Guadalajara no
es blanca, ni es café, ni es morada, es de mil colores. Se pinta de amarillo Jericaya
a medio día y es de color rojo Torta Ahogada al atardecer; se viste a la
ocasión deseada, se pone la Rojiblanca y la Rojinegra y se pone la Verde cuando
juega la Selección.
Mi Guadalajara no
sabe de egoísmo, se porta hospitalaria con quien la visita y le llena de flores
las vasijas a sus muertos en los panteones.
Mi Guadalajara es
más que unos cuantos edificios; es una ofrenda a sus Jaliscienses Ilustres; es
un Hospicio que ya no alberga a niños y en sus pasillos aloja a la cultura; es
una Minerva que, solitaria, protege el sueño de los tapatíos; es unos Arcos que
otrora dieran la bienvenida y que hoy recuerdan de dónde venimos; es un
Expiatorio y una Catedral que adornan y dan presencia en las calles.
Mi Guadalajara es
sol, do, sol, do, sol, y más que notas musicales es una sublime canción de Pepe
Guízar; es un poema que teje el círculo infinito de la hermosura de la tierra
del campo donde se cosechan las mujeres más bellas.
Mi Guadalajara es
abordar el Tren de Juárez a Tetlán y de Periférico Sur a Periférico Norte, es
llamar Parvial a un Trolebús, es tomar un 380 en hora pico, es tomar un taxi
para ir al Centro, es subirse a una Calandria y sentirse quinceañera.
Mi Guadalajara es
una bella dama de batallas ganadas, una señora de sociedad que “se las sabe de
todas todas”, que va a misa los domingos y que le tiene la cena todos los días
al marido. Mi Guadalajara es una joven hermosa de ojos grandes como la Luna, de
ideas locas y a veces absurdas, con alma de poeta y revolucionaria, que
prefiere la certeza ante la duda.
Mi Guadalajara
son postres y comidas, es una serenata con un buen mariachi, es conocer a la
gente, y cantarle a la noche y robarse el día, es tomarse una nieve y caminar
por Hidalgo, es tener hambre y llegar al Mercado Corona, es querer unos tenis
nuevos y comprar en San Juan de Dios, es andar a la moda con la que traigamos
puesto.
Mi Guadalajara es
decirle “ey” cuando sabemos que es cierto, es echarle “bien mucho” limón a los
tacos, es comer con “birote” porque con bolillo no sabe bueno, es preguntar “¿a
cómo cuestan?”, es decir “chido” y “bien padre”; en fin, mi Guadalajara es “la
onda”… “¡sabe!”.
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