Jugábamos los niños nuestro
sueño etéreo de dulce de algodón y de rodillas raspadas. Disfrutábamos la brisa
del aire despeinar nuestros cabellos y las gotas de lluvia que se confundían
con nuestro sudor. Corríamos despreocupados del acontecer mundial. ¿Preocupaciones?,
sí, el suelo está hecho de lava. La vida era ese momento que transcurría entre
la hora del recreo y la hora de llegar a casa. Lanzar la mochila a un rincón
irse desnudando dejando un camino con las prendas del uniforme escolar hasta
llegar a la habitación. Ropa nueva. Zapatos cambiados por tenis.
Ansiosos esperábamos que
nuestro mejor amigo nos llamara por la ventana. Un grito que se convertía en
miel que endulzaba nuestro oídos. Cerca de dar un portazo, tu madre te detiene
y te dice que si no comes no sales a jugar.
Comes.
Vuelves a estar cerca de dar
un nuevo portazo… tu madre te detiene y te dice que si no haces la tarea no
sales a jugar.
Haces la tarea.
Un nuevo portazo se acerca… tu
madre te detiene de nuevo, dice que si no llevas un suéter puesto no sales a
jugar. Respingas.
Vistes el suéter.
El portazo hace vibrar las
ventanas de la casa. Tu madre grita enojada.
Mírame. Tratando de ser como
todos. Hoy comeré en McDonalds. El menú salta a mi vista con sus cuchillas que
intentan asesinar mis pupilas. ¿Puedo tomar su orden? dice la joven que se
encuentra detrás de la caja registradora.
Quiero uno de esos.
–¿Desea agrandar su combo?
No.
–Por 15 pesos más se lleva
papas y refresco grandes.
No, gracias.
–¿Para comer aquí o para
llevar?
Para aquí.
Las ganas de orinar paralizan
mi cuerpo. Un dolor fuerte acosa mi vientre. Pregunto por el baño y la joven
que se encuentra detrás de la caja registradora me dice que para usar el
sanitario debo mostrar el ticket de compra.
Orino.
Vuelvo al sitio donde he
pedido mi comida. La joven me entrega una charola café de plástico con un
mantel de papel impreso con publicidad de su empresa. No le presto atención. Lo
único que me importa es la hamburguesa y las papas. Dos sobres con salsa tipo
chile jalapeño y otros dos de salsa tipo cátsup. Según esa lógica estaré
comiendo una hamburguesa con carne tipo pollo. No es consuelo. Me siento a
comer.
El mundo es un absurdo
conglomerado de bestias humanas que juegan a la civilización sublimando sus
bajos instintos. Lo sé porque siento como me miran todos, y veo como ellos
miran a los demás. La creación de falsas necesidades es el factor detonante y
la motivación de esta gran maquinaria. Yo compro para ser aceptado y tú debes
comprar para ser aceptado por mí. La televisión anuncia que ya no basta con
cubrirse el cuerpo con ropas costosas y de mala calidad, ahora necesitas accesorios.
Compras los accesorios. La televisión dice que esos accesorios ya pasaron de
moda. Compras los accesorios actuales. Compramos para olvidarnos de nuestras
pulsiones destructivas. Quien controla a Eros controla a Tanatos.
Las papas tienen una consistencia
pastosa y aguada. El sabor es bueno aunque algo salado. Las salsas tipo lo que
sea hacen su juego como aderezo. Al final de cuentas lo importante es que esta
comida quite de mi cuerpo esta sensación tipo hambre.
Me veo convertido en un autómata
que mastica, traga y bebe. Observo a los demás y su ritual es similar. Excepto
por aquellos que van acompañados. Ellos mastican, tragan, beben, escupen
algunas palabras, sonríen, mastican, tragan, beben y se ríen… luego vuelven a
masticar. Miro a todos de reojo, evitando encontrar a un desconocido en ese
lugar. No hay quien sepa mi identidad, y no es que sea alguien sociable.
Sigo tragando hasta que la
última papa desaparece. No puedo comerme el cartón, después de todo, no sé si
se trata de algún material tipo cartón.
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